Talleres para padres y madres en CP

Trabajar la parentalidad cuando estás privado de libertad conlleva en sí muchos retos.  Si ya es difícil aceptar uno mismo la entrada en prisión,  cuánto más difícil tiene que ser el aceptarlo y reconocerlo ante tus propios hijos que solo por ser padre/madre nos posiciona como sus referentes!!

Una idea que hemos repetido muchas veces en los talleres es que no se puede ser padre sin antes haber sido hijo.  Y esta verdad que es de Perogrullo tiene una gran transcendencia si la entendemos desde la dimensión psicológica y emocional. Sentirse hijo significa sentirse necesitado, sentir que eres importante para alguien, sentir que los miedos, los retos, los éxitos y dificultades son atendidos y contenidos por otro que le guía genuinamente.

Sentirse padre va más allá de atender a las  batallas cotidianas aunque sin duda, facilitan ese crecimiento y madurez hacia el rol de padre/madre. Sentirse padre requiere ser capaz de descentrarse de uno mismo para atender a las necesidades del hijo y ser capaz de atenderlas cuando ambas entren en conflicto.  Sentirse padre requiere que  el vaso emocional esté lo suficientemente bien atendido, entendido y contenido como para ser capaz de lidiar con los retos,  las emociones y sentimiento que se nos despierta en el día a día y sobretodo en las relaciones con nuestros hijos.  Cuando no hemos tenido la oportunidad de movernos con nuestras emociones, de aprender a gestionarlas, a darles nombre, a diferenciar esas emociones de los sentimientos y de reconocernos en nuestras necesidades es mucho más difícil sentirse padre porque sobretodo hay un anhelo de ser contenido y sentirse hijo.

Esta es una parte fundamental del trabajo de los talleres de padres/madres privados de libertad. Dado que no existe la oportunidad del roce diario con los hijos y de manejar las batallas cotidianas, es importante realizar un trabajo previo ayudando a descubrir y conectar con las funciones emocionales del ser padre, a conocerse y entender de donde arrancan ciertos sentimientos que con el tiempo y sin posibilidad de transformarlos se convierten en creencia y estilos de vida difíciles de mover. Y dado que el gran gimnasio emocional está en la infancia, a ella podemos volver para “arrancar y movilizar” ciertas creencias. En los talleres hacemos dinámicas para facilitar esa vuelta a las emociones más primarias. “Mi Yo Niño” (así la bautizamos) es una dinámica muy reveladora que permite conectar las emociones con nuestras  necesidades básicas que no han estado suficientemente bien atendidas.

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