Historias de vida (2)

Yago había vivido toda su infancia en centros tutelados. Conocía al dedillo cómo adaptarse en ellos y cómo conseguir sus intereses sin que el funcionamiento del centro le afectase demasiado. Tenía padre y madre pero no fueron para él una referencia de acogida sino solamente una referencia de autoridad. Al cumplir la mayoría de edad, huérfano de una relación amorosa, buscó la forma de ganarse la vida tal como él la había aprendido. Las drogas fueron el objeto de su negocio. Sin llegar a drogarse o ejerciendo suficiente autocontrol sobre su consumo, consiguió vivir, alquilar una casa, compartirla con una mujer (que sí necesitaba la droga para vivir) y dos hijos ahora adolescentes a los que hacía muchos años que no veía. Aun así, según explicaba, él seguía sustentando económicamente a su familia.

Empezó a asistir a los talleres de padres en prisión. Duro y descreído al principio empezó a abrir su corazón al remover ciertas experiencias en la infancia. Empezó a modularse a sí mismo, a removerse por dentro y a permitirse ser algo más vulnerable. Esto le ayudó a empatizar con sus hijos y sus necesidades, a buscar estrategias de conexión con ellos y a desplegar un montón de habilidades que disponía. Tenía talento en la elaboración de trabajos manuales, como juguetes o cajas de música. Todo lo quería poner al servicio de sus hijos. Esto fue sólo el inicio y aunque queda un largo recorrido por hacer, con los talleres para padres dimos el primer paso: mirarse con cariño a si mismo, interpretar su historia de vida, amarse y  perdonarse.