Dando amor

Dar amor es una de las funciones emocionales básicas de ser padre (o madre) y en esto todos estamos de acuerdo. Pero no todo el amor que se da ayuda a crecer y florecer, no todas las formas de amar son buenas. El enfoque sistémico nos ayuda mucho a ser conscientes desde donde nos posicionamos como padres y como hijos y cuál es el lugar más ordenado para facilitar esa relación de amor. En concreto en los sistemas familiares[1] ese amor ordenado requiere, aunque parezca una obviedad, por un lado, que los padres ocupen su rol de padre y los hijos su rol de hijo. Los padres dan y los hijos reciben. No es una relación de igualdad como sería la relación de la pareja: el hijo se hace pequeño para recibir de sus padres quienes se ven compensados al verlo crecer y siendo feliz.

Honrarás a tu padre y a tu madre. La tradición judeocristiana recoge este orden en este mandamiento en el libro del Éxodo. El mandamiento dice así: honrarás a tu padre y a tu madre para que se prolongue tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar [2]. Este mandamiento recogido en las tablas de Moisés está estrechamente vinculado al dar/recibir amor y es la base de la civilización del amor. “La honra está relacionada esencialmente con la virtud de la justicia, pero ésta, a su vez no puede desarrollarse plenamente sin referirse al amor (a Dios y al prójimo)” [3] Hay una relación entre honrar y amar. Honrar está más relacionado con la justicia pero la justicia pierde todo su sentido si no se refiere al amor.

Quiero hacer referencia a esta idea a partir de una experiencia personal.

A mis 20 años este mandato me venía muy a menudo a mi pensamiento y a mi corazón. Las circunstancias me llevaron a ello: tuve una gran decepción por un hecho familiar que desestabilizó toda mi vida, mis valores, mis principios. Tuve la sensación de un castillo de naipes que se derrumba, todo un terremoto emocional. No sabía dónde cogerme y este mandamiento me venía a la mente como el latido de mi corazón, constante, persistente, discreto. La primera parte de mismo, honrarás a tus padres en un principio me provocaba una reacción rebelde y vengativa, me resultaba muy difícil porque sobre todo estaba enfadada y dolida. Pero la segunda parte, para que prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor tu Dios te va a dar me pareció una razón de supervivencia. Tenía que desatar ese nudo que yo sentía y que me impedía crecer en el amor y en paz. Y esto fue el motor de todo un proceso y mi propósito de vida. Un propósito de vida del que yo no era consciente aunque con el tiempo y en perspectiva me he ido dando cuenta que los caminos escogidos, las decisiones tomadas, mis preferencias, mis intereses, la forma de interpretar los hechos, mis emociones, todo me llevaba a ese punto de partida: honrarás a tu padre y a tu madre para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor tu Dios, te va a dar.

En ese proceso cayó a mis manos por casualidad (o no) el libro más fuerte que el odio una autobiografía de Tim Guenard. Me di cuenta que en algún momento de su libro mencionaba el deber de honrar a tu padre y a tu madre y con gran desahogo dice, pero no amarlos. Esto supuso para mí una liberación: es difícil amar si lo que sientes es rabia y enojo. Para mí esto fue el darme permiso a abrir una nueva ventana, aire fresco por donde respirar. Entendí que honrar es respetar, reconocer su lugar, (situándome a mí misma en otro lugar) y ser justos con lo que nos dieron. Ellos al fin y al cabo me dieron lo más grande que me podían haber dado: la vida. Hicieron lo que pudieron en sus circunstancias. Este reconocimiento fue un paso importante: me ayudó a situarme frente a mi vida y mi familia en un lugar ordenado: somos personas distintas, con destinos distintos y en esa toma de distancia me podía permitir el lujo de empatizar en su situación y empezar a ser incluso asertiva con ellos. Empezaba a poder hablar sin derrumbarme, sin culpabilizar, sin juzgar, sin que ello me afectara tanto. Y lo más importante, empezar a agradecer. Así fue, casi sin darme cuenta, como fui uniendo el honrar y el amar.

Me he dado cuenta con el tiempo que ese proceso que inicié no lo he finalizado por completo sino que sigue su camino en las distintas etapas por las que atravieso, con sus baches y sus curvas. La maternidad (y la paternidad) es una de esas etapas donde el honrar a los padres conecta con esa idea de prolongar los días sobre la tierra de generación en generación. Es el lugar en donde se consolida ese puente que lleva a las generaciones anteriores y desde donde se proyecta las venideras.

El ser padre/madre (también la pareja) te pone de nuevo a prueba, te traslada a esas situaciones vividas en la relación padre/hijo, revives pensamientos, sentimientos, situaciones que nos disparan con automatismos, comportamientos, pensamientos, reacciones que nada tienen que ver con la realidad del momento ni con la realidad de la pareja ni la de los hijos. Y esto puede hacer mucho daño. El reto ahora es dar un lugar y acoger esos sentimientos, pensamientos, juicios, interpretaciones que muchas veces no son más que una especie de actualización de lo vivido y aprendido. Y acoger desde el corazón todo ese legado de experiencias vividas positivas y negativas, pues es la única forma de tomar con agradecimiento la vida recibida (de las generaciones anteriores) y de transformarlas desde el amor a las generaciones siguientes. Porque permanecer en resentimiento o en el rechazo nos ata con más fuerza a lo que rechazamos o a aquellos que rechazamos[4] y nos impide amar y recibir amor.

Los padres empezamos a dar amor reconociéndonos como hijos, honrando a nuestros padres y generaciones anteriores; acogiendo desde el corazón todas nuestras experiencias (las positivas y negativas), sanando y transformando las heridas (que irremediablemente vivimos); recogiendo todo este legado de vida con agradecimiento para a su vez expandirlo a nuestros hijos en las generaciones futuras. Así construimos una civilización basada en el amor.

[1] Bert Hellinger, creador de las constelaciones Familiares, sostiene y argumenta esta idea: el Amor crece en el orden.

[2] Exodo 20,12

[3] Cita extraída del libro Carta a las familias,Juan Pablo II, BAC-documentos (1994) pag 52

[4] Ver libro de J.Garriga Bacardí, ¿Dónde estás las monedas? Las claves del vínculo logrado entre hijos y padres, 2010, RigdenEdit, S.L

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *