Amores ordenados en la familia

En mis ciclos de talleres de padres y madres solemos arrancar con preguntas que les permita lograr cambios positivos a partir del autodescubrimiento. Una de las primeras que hacemos es ¿qué significa ser hijo o qué es ser hijo? Hacemos una lluvia de ideas y cada vez se va afinando más el concepto. “lo mejor de mi vida”, “la razón de mi vivir”, “es por quien daría mi vida”. Y volvemos a lanzarles la pregunta de nuevo: “Personitas que están creciendo”, “que necesitan una educación”, “como niños tienen que aprender”. Y seguimos devolviendo la pregunta. Este feedback de preguntas y respuestas nos permite encontrar respuestas más profundas para conectar con lo esencial de nosotros mismos.

La pregunta ¿Qué es ser hijo? nos ayuda por un lado a entrar en nuestra realidad de hijo y nuestras vivencias a lo largo de la vida, ya que nuestra condición de hijos no la perdemos!! Por otro lado, el ser hijo está íntimamente unido a ser Padre,  no existe uno sin el otro y nos habla de una relación que nos conforma. Es una realidad que nos ayuda a mirar hacia nosotros mismos, nuestros anhelos, valores y a situarnos frente a nuestra familia.

Con mi compañera de talleres solíamos comentar que para poner orden en una habitación, hay que mover los muebles y sacar lo que se ha quedado escondido debajo para limpiar, airear, tirar. En la vida que vamos construyendo, nos pasa un poco lo mismo. Conviene sacar lo que está escondido, removernos por dentro aunque sea molesto y doloroso y así limpiar, soltar y ordenar nuestras experiencias, nuestras emociones, nuestras relaciones, nuestros valores.

En este sentido, resulta totalmente positivo y enriquecedor adentrarnos por las distintas etapas por las que hemos pasado antes de formar una familia. Cada una tiene su peculiaridad, todas nos conforman,  todas ayudan a entender, ordenar nuestra realidad y se encadena con la siguiente: profundizar en nuestro Yo niño/adolescente nos permite entender mejor el adulto que somos; reconocernos como adultos permite entender la  pareja y cómo nos abrimos a ella; abordar  la pareja nos ayuda a ordenar el sistema familiar y de este modo definir adecuadamente el rol de padre/madre colocando los cimientos para  levantar una familia que ayude al crecimiento de todos sus miembros.

Y es precisamente en la vida de pareja donde se dan muchos momentos que nos invitan a “removernos” interiormente y nos lleva a plantear muchas preguntas acerca de nosotros: lo que anhelamos, lo que buscamos en el otro, lo que ofrecemos y de lo que carecemos, etc,  tiene mucho que ver con lo vivido. Es en la pareja donde se funda la familia y es en la pareja (presente los dos o no en este momento) y en las relaciones que se establecen en ella donde se pone en evidencia  todo lo que la persona adulta lleva consigo. Lo biológico y lo emocional; la herencia familiar y la adquirida con las decisiones de cada uno; las habilidades y las carencias. Las emociones, sentimientos, y creencias;  la forma de enfrentarse a la vida; el valor que se da a las personas, a las cosas, al trabajo, al dinero, al sexo. Todo entra en juego y en ocasiones en conflicto. Es en la pareja donde se pone de manifiesto todo ese bagaje personal y familiar, desde  donde se  van definiendo y ordenando esas nuevas relaciones.

Son muy reveladoras para las personas participantes de estos talleres las dinámicas que  ayudan a reconocer y darse cuenta que cada uno de la pareja forma parte de un sistema familiar;  el protagonismo de la familia de origen en la propia narrativa sobre su vida, en la elección de la pareja, en los gustos y preferencias, en los comportamientos, en la forma de vincularnos y relacionarnos con las personas tiene mucho que ver con los vínculos y relaciones formados en el propio sistema familiar:   El hijo se vincula a su sistema familiar a través de los padres. A través de las relaciones el niño va dando significado a todo lo que le rodea y también va respondiendo preguntas acerca de si mismo: ¿soy importante?, ¿soy único?, ¿pertenezco a esta familia?, ¿puedo contribuir? Los sentimientos que despiertan estas preguntas responden a las necesidades básicas que todo ser humano requiere para crecer y desarrollarse y, sin ellas, no podría vivir: el sentimiento de pertenencia y el sentimiento de sentirse amado, valioso, importante.

El amor que nos mueve y las relaciones entre padres, hijos y parientes tienen que integrarse dentro de un orden para poder florecer y fluir. Incluso estos sentimientos básicos del ser humano, este sentirse importante, único y que formas parte (que han de ser indiscutible para el hijo) tienen que estar ordenados para que puedan sostenerse y perdurar.

Existe jerarquía en los amores dentro de la familia: la pareja antecede a los hijos. Esta idea suele sorprender especialmente a las mamás quienes suelen decir que darían su vida por sus hijos.

El respeto y amor que la pareja se transmiten es el que permite precisamente crear un hogar emocionalmente seguro para el hijo. El amor a los hijos nace del amor y respeto que se transmiten los padres entre sí. Este es el primer orden del amor: los hijos no se pueden poner por delante de sus padres, desplazarles a un segundo lugar porque de este modo los hijos ocuparían el lugar de los padres y el amor de los padres hacia los hijos no podría expresarse adecuadamente.

Podemos decir que la mejor manera de cuidar y amar  a nuestros hijos es cuidando y respetando la pareja. Incluso cuando la pareja vive separada o falta por cualquier motivo uno de ellos.

El árbol que da Vida

Hay una vivencia de una madre que conocí en los talleres que  para mi es muy conmovedora y quiero explicar. Sin entrar en los detalles de su infancia, ella explicaba con un sentimiento endurecido, que no se sintió nunca hija. La realidad que vivió fue la de unos padres que le empujaron desde niña a ganarse la vida y a sobrevivir en la calle  por lo que nunca sintió el cobijo seguro y amable de alguien que le guiaba en su crecimiento ni sintió la pertenencia a un hogar. Es curioso como en toda persona existe un anhelo por encontrarse con el Amor, un sentimiento de inconformismo al sinsentido de la vida que impulsa a salir en su búsqueda a pesar de no haberlo experimentado ni en la niñez. ¿Y cómo buscar algo que no conoces?

La experiencia nos enseña
que cada uno busca el bien y el amor como puede, con los recursos que tiene y
la suerte que le presenta la Vida. Y
con este bagaje de suerte y recursos va ordenando y construyendo  sentimientos, pensamientos, creencias,
actitudes y comportamientos.

En el taller de padres/madres en la que ella participaba, hicimos una dinámica que consistía en representar a través de un dibujo la propia familia para después identificar aquellas personas o experiencias que les alentaron (las perlas) y aquellas personas o experiencias que les desalentaron o cambiaron el curso  (piedras).

La palabra familia cada
uno la interpreta según su vivencia y experiencia: algunos dibujan todo su
sistema familiar incluyendo abuelos, hermanos; otros representan su familia de
origen; otros la familia que han formado ellos como padres; la forma de
representarla también es distinta: unos dibujan solo cabezas, otros el cuerpo esquemáticamente;
otros a modo de árbol genealógico. Cada dibujo transmite mucho sobre la forma
en que ellos entienden y viven la familia.

A mi me llamó la atención
el dibujo de esta madre. Ella dibujó un árbol: en las raíces situó a sus hijos,
en el tronco se sitúo ella y en la ramas a otros familiares. Para ella, el
sentido de su vida, lo que le daba fuerzas y le sustentaba eran los hijos situados
en las raíces de este árbol que era su familia. En las ramas, como accesorios
estaban sus padres y tíos, que por otro lado eran el peso que tenía que
sostener.

La experiencia de
talleres en el centro penitenciario suele ser esta: los hijos son el sustento
de sus vidas. Esta es una realidad perfectamente comprensible y en este momento
de la vida hasta es útil y necesaria para seguir sobreviviendo. No obstante, mirando
a largo plazo, es un planteamiento difícil de sostener y dañino para las
personas. Esto hace que muchas veces se inviertan los papeles: el hijo es el
que da apoyo emocional al padre/madre y se le transfieren expectativas y roles que
los hijos no pueden ni deben
sostener.

Durante estos años como
educadora y facilitadora de talleres para padres/madres he compartido muchas
experiencias de vida y he visto con claridad que los Amores (y relaciones) tienen un orden y jerarquía que dibujan los
límites naturales necesarios para dar seguridad al crecimiento de los hijos que
van llegando.

Detectar esos desórdenes
y ordenar esos amores y esas relaciones es una parte importante en estos
talleres y son básicos para  trabajar las
funciones emocionales y roles del padre/madre.

¿Y cuál es ese orden que da Vida y ayuda a crecer?

Retos y desafíos

Estos talleres tienen una peculiaridad: trabajamos los distintos aspectos relacionados con el rol parental desde la realidad que ellos están viviendo, desde la cárcel. Y todo este trabajo no como derecho del padre/madre sino atendiendo al derecho del niño de mantener el contacto con sus padres, conocer y saber la realidad de sus orígenes.

Es importante trabajarlo bien con los padres porque si es en interés del beneficio del menor, ni toda la información vale ni se la puede dar al niño de cualquier modo. Es importante prepararse bien y esto pasa en primer lugar por entender su historia personal, reconocer su responsabilidad en el delito, en cómo ha llegado a tomar esas decisiones que le han llevado a aquellas circunstancias, lo que han aprendido de la vida y cómo lo haría diferente. Todo un legado de vida para transmitirles honestamente, ofreciendo modelos de resiliencia y valores a los hijos.

Lo trágico para estos papás y mamás es que tanto si deciden iniciar este proceso de reconocimiento y autocomprensión como si no lo hacen ya están transmitiendo información a sus hijos porque los niños constantemente están sintiendo, pensando y tomando decisiones de cómo actuar a partir de la información que sacan de todo lo que les rodea. Y la primera información que sacan de este proceso es en relación a su importancia y significación: ¿soy importante? ¿Valgo? ¿soy único y genuino? Siempre buscando ese vínculo que le ancle en la tierra (en la vida) para crecer seguro.

No todos los papás y mamás que participan en el taller están igualmente predispuestos a enfrentarse a su realidad ni el desafío es igualmente costoso para todos. El punto de partida en algunas ocasiones son expresadas con frase como “es mejor que no sepan dónde estoy”, “este no es un lugar apropiado para que vengan a verme en un vis a vis familiar”; “cuando salga de la cárcel ya les explicaré”. La experiencia nos habla de que muchos de los que han pasado por estos talleres han modificado estos planteamientos iniciales y han visto la necesidad de plantearse ese reto. Después quedará sin duda el trabajo personal de buscar el apoyo que necesitan frente a ese desafío.

Talleres para padres y madres en CP

Trabajar la parentalidad cuando estás privado de libertad conlleva en sí muchos retos.  Si ya es difícil aceptar uno mismo la entrada en prisión,  cuánto más difícil tiene que ser el aceptarlo y reconocerlo ante tus propios hijos que solo por ser padre/madre nos posiciona como sus referentes!!

Una idea que hemos repetido muchas veces en los talleres es que no se puede ser padre sin antes haber sido hijo.  Y esta verdad que es de Perogrullo tiene una gran transcendencia si la entendemos desde la dimensión psicológica y emocional. Sentirse hijo significa sentirse necesitado, sentir que eres importante para alguien, sentir que los miedos, los retos, los éxitos y dificultades son atendidos y contenidos por otro que le guía genuinamente.

Sentirse padre va más allá de atender a las  batallas cotidianas aunque sin duda, facilitan ese crecimiento y madurez hacia el rol de padre/madre. Sentirse padre requiere ser capaz de descentrarse de uno mismo para atender a las necesidades del hijo y ser capaz de atenderlas cuando ambas entren en conflicto.  Sentirse padre requiere que  el vaso emocional esté lo suficientemente bien atendido, entendido y contenido como para ser capaz de lidiar con los retos,  las emociones y sentimiento que se nos despierta en el día a día y sobretodo en las relaciones con nuestros hijos.  Cuando no hemos tenido la oportunidad de movernos con nuestras emociones, de aprender a gestionarlas, a darles nombre, a diferenciar esas emociones de los sentimientos y de reconocernos en nuestras necesidades es mucho más difícil sentirse padre porque sobretodo hay un anhelo de ser contenido y sentirse hijo.

Esta es una parte fundamental del trabajo de los talleres de padres/madres privados de libertad. Dado que no existe la oportunidad del roce diario con los hijos y de manejar las batallas cotidianas, es importante realizar un trabajo previo ayudando a descubrir y conectar con las funciones emocionales del ser padre, a conocerse y entender de donde arrancan ciertos sentimientos que con el tiempo y sin posibilidad de transformarlos se convierten en creencia y estilos de vida difíciles de mover. Y dado que el gran gimnasio emocional está en la infancia, a ella podemos volver para “arrancar y movilizar” ciertas creencias. En los talleres hacemos dinámicas para facilitar esa vuelta a las emociones más primarias. “Mi Yo Niño” (así la bautizamos) es una dinámica muy reveladora que permite conectar las emociones con nuestras  necesidades básicas que no han estado suficientemente bien atendidas.

Historia de Vida 6

En los talleres de parentalidad y disciplina positiva para padres me gusta mucho combinar el trabajo interior y de introspección  con  habilidades y herramientas educativas que puedan sernos útiles para las batallas diarias.

Hay una dinámica que me gusta mucho realizar en los talleres y que conecta tal vez más con el YO interior y su historia y  que tiene la finalidad de ayudar a ser consciente de cuál es el estilo educativo de uno mismo como padre o madre. La dinámica se llama ¿cuál es tu estilo? Es una dinámica muy reveladora ya que permite por un lado darse cuenta de nuestro estilo o tendencia (a veces difícil de reconocer) más o menos autoritaria o permisiva y que aflora en momentos de conflictos, situaciones amenazantes o incluso en las batallas diarias; y por otro lado ayuda a darse cuenta de las barreras o puentes que tendemos al situarnos en determinados estilos educativos. No es mi intención explicar muy a fondo en qué consiste la dinámica. Sólo comentar que la actividad permite experimentar desde el punto de vista del hijo y desde el punto de vista del padre lo que ambos puedan estar pensando, sintiendo y decidiendo a partir de una actitud de tipo autoritaria, permisiva y democrático del padre/madre ante una situación amenazante como pueden ser las drogas.

Es fantástico ver con esta dinámica en particular (aunque también con muchas otras que realizamos en nuestros talleres de parentalidad y disciplina positiva) cómo van aflorando en un ambiente distendido sentimientos delicados (por otra parte comunes a todos) como la soledad, incomprensión, rebeldía, inseguridad, incoherencia, pertenencia. Situarte en el punto de vista del hijo y confrontarlo con la propia vivencia (como padre y también como hijo) permite  empatizar fácilmente con sus necesidades e ir construyendo relaciones que ayudan a crecer, a empoderar,  a desarrollar en los hijos habilidades para la vida. Y así  poco a poco vamos preparando y fortaleciendo los cimientos para levantar nuestro hogar. 

 

 

 

 

Historia de vida 5

Luis tenía tres hijos que iban a verle de vez en cuando. Pero su atención se dirigía de un modo especial por el mayor de ellos con el que estaba más vinculado tal vez porque fue con él con quien experimentó la nueva identidad de ser padre. Además era varón y el hijo le buscaba para identificarse con él. Un día, el hijo en su búsqueda por las explicaciones que su padre no se atrevía a darle, encontró por internet el motivo de la condena. Y cayó en una crisis con el consecuente alejamiento hacia su padre.

Esto es lo que le motivó a Luis a participar en los talleres de padres, que le ayudaron muchísimo a acercarse de nuevo a él.  Para poder explicar ciertas verdades de uno mismo, uno tiene que trabajarse mucho previamente. Por eso el autoconocimiento es muy importante en nuestros talleres de padres: reencontrarse con su YO niño, reescribir la propia historia, mirar de nuevo a los padres, abuelos, parejas,en definitiva, aquellos que han definido tu estilo de vida, tus creencia, tus miedos, tu estilo de ser padre.  Con Luis hicimos un trabajo en grupo y también individualizado. En el trascurso de las sesiones cada vez se le veía más contento y esperanzado. El diario fue una de sus mejores herramienta en su trabajo personal.

Historia de vida (4)

Dani es un muchacho con una familia que le ha arropado como ha podido. Segundo hijo de una familia de seis hermanos, llegó a la adolescencia con unas pautas educativas poco coherentes y constantes. Metido en un ambiente de diversión y droga, tuvo un hijo cuando emocionalmente todavía era un niño. La pareja quiso hacerse cargo del niño pero la inestabilidad provocada por el consumo de las drogas hizo que su pareja se separara, no sin un fuerte dolor. Y a David le cayó una condena larga.

Empezó los talleres de padres sin aceptar del todo la separación de la pareja y con un rol de padre que se confundía todavía con el rol de hijo.

David estuvo varios años con nosotros voluntariamente en el taller de padres: necesitaba un espacio donde hablar y posicionarse adecuadamente ante su hijo, aprender nuevas formas de relacionarse con él, entender mejor sus necesidades. Ponerse en el punto de vista de su hijo le ha ayudado a crecer, a conocerse y a asumir mejor el rol de padre.  

Historia de vida (3)

Angélica vino de Brasil en busca de una vida mejor. De niña vivía en la calle. De ella obtenía el sustento para vivir. Angélica, aunque sabía quiénes eran sus padres, nunca cultivó una relación filial. Aun así, en si su corazón latía esas ansias de gozar de un hogar: aunque yo no lo he tenido, quiero experimentarlo y formar uno. Viendo que estaba atrapada en un modo de vida sin sentido, emigró a España en cuanto pudo. Aquí tuvo un hijo de un hombre cuya familia la utilizaba para negocios delictivos. Dándose cuenta que volvía a estar atrapada por una situación similar,  al cabo de unos años escapó dejando atrás hijo, pareja y documentación y se entregó a la policía.

Empezó a asistir a los talleres de padres con una gran receptividad, con la ilusión de ordenar sus experiencias y buscar la manera de conectar afectivamente con su hijo. Ahora Angélica tiene que construir su maternidad sobre la base de unas carencias afectivas importantes pero está dispuesta a ello. Necesitará mucha ayuda y, sin duda, el apoyo en su maternidad será crucial en ella.

Historias de vida (2)

Yago había vivido toda su infancia en centros tutelados. Conocía al dedillo cómo adaptarse en ellos y cómo conseguir sus intereses sin que el funcionamiento del centro le afectase demasiado. Tenía padre y madre pero no fueron para él una referencia de acogida sino solamente una referencia de autoridad. Al cumplir la mayoría de edad, huérfano de una relación amorosa, buscó la forma de ganarse la vida tal como él la había aprendido. Las drogas fueron el objeto de su negocio. Sin llegar a drogarse o ejerciendo suficiente autocontrol sobre su consumo, consiguió vivir, alquilar una casa, compartirla con una mujer (que sí necesitaba la droga para vivir) y dos hijos ahora adolescentes a los que hacía muchos años que no veía. Aun así, según explicaba, él seguía sustentando económicamente a su familia.

Empezó a asistir a los talleres de padres en prisión. Duro y descreído al principio empezó a abrir su corazón al remover ciertas experiencias en la infancia. Empezó a modularse a sí mismo, a removerse por dentro y a permitirse ser algo más vulnerable. Esto le ayudó a empatizar con sus hijos y sus necesidades, a buscar estrategias de conexión con ellos y a desplegar un montón de habilidades que disponía. Tenía talento en la elaboración de trabajos manuales, como juguetes o cajas de música. Todo lo quería poner al servicio de sus hijos. Esto fue sólo el inicio y aunque queda un largo recorrido por hacer, con los talleres para padres dimos el primer paso: mirarse con cariño a si mismo, interpretar su historia de vida, amarse y  perdonarse.

Historias de vida (1)

Juan tenía una condena de muchos años. Había dejado  en Nicaragua a su familia, a su mujer y a una niña de 4 años. Calculaba que con los años que le quedaban de condena, no volvería a ver a su hija hasta que ésta tuviese 10 años. Cada semana hablaba con ella por teléfono, según el tiempo que el centro penitenciario le permitía. Día tras día, la niña le preguntaba a su papá cuándo volvería, cuando le podría ver, por qué no le llamaba más a menudo.  Y su padre le contestaba que estaba en un barco, que le era muy difícil comunicarse con ella.

Este padre vivía la situación con gran sufrimiento: él tenía una condena que cumplir, pero su sentimiento hacia su hija y familia eran claros. Ahora se daba cuenta del daño que les había causado.  ¿Tenía que abandonar su rol de padre?¿su hija y su mujer, ya no le merecían?

Los talleres de padres en prisión le ayudaron a ordenar la realidad que vivía, a conectar con el sufrimiento de su familia; a empatizar con las necesidades de su hija, a rescatar su rol de padre. Y ese mundo que despertamos en él le llevó  a construir desde sus dificultades y su circunstancia nuevos puentes con su hija, a construir la relación desde su realidad.

No olvidaremos la alegría que expresaba cuando pudo hacer frente a su realidad desde la honestidad emocional con su hija.